Erratas. El nombre se deriva de un error cometido por la imprenta en una edición de las Sagradas Escrituras: en los Diez Mandamientos (Éxodo 20:14), se omitió la palabra «no» en la oración » No cometerás adulterio «, por lo que pasó a decir «Cometerás adulterio».

¡Cómo cambia la cosa!

Esta errata se extendió en varias copias. Estas copias pasaron a denominarse como La Biblia malvada.

Cuando se descubrió, los impresores Robert Barker y Martin Lucas fueron juzgados y declarados culpables. Se les multó con 300 Libras y les quitaron la licencia de la imprenta de por vida.

Se cree que todavía existen alrededor de diez copias.

El valor de estas en una subasta pública rondaría los 20.000 euros.

 

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Una sola letra puede causar una errata fatal como le pasó a la primera edición de Arroz y Tartana donde se publicó  “Aquella mañana, doña Manuela se levantó con el coño fruncido”.

Antes de la llegada de la imprenta los amanuenses eran los únicos responsables de estos fallos y un error podía trastocar de tal manera un texto sagrado que las represalias fueron terribles. En antiguos scriptoria como el de Qumran (a orillas del Mar Muerto) las erratas estaban penadas con severos castigos, como la reducción de alimentos o la pérdida de status pasando a ser un mero monje obrero. Cuando llegó el cristianismo hubo que buscar un enemigo a quien echarle las culpas.
Es ahí cuando aparece el siempre socorrido diablo, quien encargó a uno de sus secuaces estas fechorías literarias. Hablamos de Titivillus, un personajillo al servicio de Belfegor (el diablo chivato de Satán) y que pronto empezó a hacer de las suyas.
La primera mención a la palabra “titivilitio” (de donde vendría Titivillus) se  la debemos al comediante Plauto quien la usó en su obra Casina para referirse a cosas sin importancia, menudencias… pero es en la Edad Media (en concreto en el Tratado de Penitencia de John Galensis) ​cuando el termino se vuelve diablo, y además con bastante mala leche pues a ciencia cierta no se sabe cuál es el nombre correcto (Tintivilus, Titufullus, Titivitilarius…)

En el siglo XV este diablejo se presenta en el libro devocional Myroure of Oure Ladye como Tytyvyllus y afirma ser un tenaz trabajador que recopila las negligencias que se comenten en sílabas y palabras.
Tintivillus sería por lo tanto un escriba infernal que con minucioso detalle apunta todas nuestras erratas a la espera del juicio final donde, según muchas tradiciones, los rencorosos diablos sacarán su documentación a relucir.
Al inventarse la imprenta, las artes diabólicas volvieron a aparecer, en concreto en el taller de Johannes Gutenberg y sus socios Peter Schöffer y Johann Fust. Este último como prestamista y verdadero empresario del negocio viajó a Paris haciendo creer que la recién impresa biblia era estaba escrita a mano (para mantener así el elevado precio de los libros manuscritos). El negocio era redondo, pero los clientes no eran tontos, y ante la sorpresa de que las diferentes biblias eran idénticas se denunció a Fust por haber hecho un pacto con el diablo, mediante el cual podía multiplicar libros exactamente iguales. La inquisición tomó cartas en el asunto y se destapó el entuerto. Se había inventado la imprenta.

El ingenio de Gutenberg creó nuevos oficios como el de tipógrafo cuyos aprendices solían estar continuamente ennegrecidos, por la tinta, y al mismo tiempo se les conocía por ser asiduos del “infierno” u horno donde se fundían los tipos móviles de plomo una vez desgastados. Tanto negror y tanto infierno terminó dando origen en el mundo anglosajón a la palabra “printer´s devil” como sinónimo de estos aprendices de tipógrafo entre los estuvieron Mark Twain o Benjamin Franklin.
En España no hay constancia de que se les llamase así, pues uno de estos aprendices fue Pablo Iglesias Posse (1850- 1925), el cual de haber sido llamado así sería de sobra conocido pues sus adversarios políticos no hubiesen tardado en cacarear con malignas intenciones que el PSOE lo fundó un “diablo”.

 

 

El pasado sábado se celebró el Día del Corrector, un colectivo profesional imprescindible para que los textos de libros, periódicos, anuncios, prospectos médicos… salgan sin errores

Una letra mal colocada puede hacer muy doloroso el placer de la lectura. Como la que atormentó a aquel obispo que se tenía que ir de Pitillas (un pueblo navarro) y acabó a las puertas del infierno por una saltarina u que apareció allí donde menos se la esperaba. O como aquella que abochornó a un famoso crítico literario, que quiso dedicar su último libro a una altiva condesa «cuyo exquisito gusto conocemos bien todos sus amigos» antes de que una traviesa b se metiera entre pecho y pecho. Las erratas en los periódicos (obra, ya se sabe, de los duendes de las rotativas), en los libros y hasta en los discursos de los políticos son tan viejas como la misma imprenta. Flaubert decía que las erratas eran los piojos de las palabras, Luis Cernuda las llamó la caries de los renglones. Pero a veces los piojos se convierten en garrapatas y las caries pueden acabar con las más sólidas de las dentaduras literarias. Que se lo digan, si no, a Blasco Ibáñez cuando en su novela ‘Arroz y tartana’ deslizó sin querer una errante o que hizo que aquella mañana, Doña Manuela se levantara con el «coño» fruncido, dejando a sus lectores con el suyo bien arrugado.

La más resistente de las erratas la hemos encontrado en un desternillante artículo del blog librosmalditos.com que dice así: «Hay erratas poderosas, invencibles, como la que afligió a un pobre plumilla que escribió acerca de una encopetada dama. Reclamaba al ministro una merecida recompensa por sus «infinitos servicios», pero el demonio de la imprenta pues de él hablamos hizo poner «ínfimos». Nuestro protagonista se apresuró a corregir el error, pero la errata mutó incansable, y apareció «infames» al día siguiente. Desesperado, nuestro héroe volvió a corregir la dichosa palabra, solo para comprobar una vez más que la dama bien merecía un premio del ministro por sus «íntimos servicios».

Los gazapos han sido (lo siguen siendo) motivo de angustia cuando no de cólera tanto para los periodistas y sus directores, como para los autores y sus editores. Es verdad que hasta el escribano más puntilloso echa un borrón, pero no hay en el mundo cronista, por más frío que sea, que no le hierva la sangre al descubrir una errata. ¿Hacia quién descargar su rabia? La respuesta es deprimente.

Afortunadamente estos traumas del lenguaje, estas heridas de las palabras gozan de su correspondiente tratamiento y sanadora cura gracias al cuerpo de correctores de textos, y digo cuerpo «porque el corrector es una persona y no un programa de tratamiento de textos». Lo subraya Antonio Martín, presidente de Unico, un gremio de doscientos centinelas que se desvelan por evitar esos estropicios que arruinan las ediciones. (Ay ¡qué no podrían haber hecho con aquel titular de las «vascas locas» que alertaba de la encefalopatía espongiforme bovina!).

A estas horas, los correctores además, festejan su día (que en realidad es el 27 de octubre, pero lo celebran hoy) con la ya tradicional ‘cacería de erratas’ por las calles de toda España, a la que convocan a todos los coleccionistas de gazapos para que envíen sus fotos a Twitter con la etiqueta #tomaerrata. Servidor ya ha mandado un par a primera hora. Ruego indulgencia a los autores porque conozco por experiencia lo mucho que escuecen.

 

 

Asesores lingüísticos

Habíamos dejado al presidente de los correctores hablando de la importancia de que sea la mano del hombre la que enmiende los desatinos antes de que lleguen a los rodillos de las imprentas. «La tecnología no basta, un programa de ordenador no puede hacer una corrección en serio. Un ordenador no comprende lo que dice el texto». Y tampoco basta el diccionario de la RAE o las normas de la Academia «porque hay manuales de estilo que contradicen esas mismas normas». Marín lo explica del siguiente modo: «Los correctores somos como abogados del lenguaje y para manejarnos la Real Academia nos ofrece una Constitución que, sin embargo, no recoge códigos o leyes, que tienen normas específicas».

Uno imagina al corrector ejerciendo en silencio su puntilloso oficio, provisto de un boli rojo e impregnándose de la cultura que emana de los textos que someten a su escrutinio. No diremos que nada más lejos de la realidad porque por sus manos pasan los poemas más profundos, las novelas más trepidantes, los ensayos más ingeniosos o las enciclopedias mejor armadas, pero también el delirante prospecto de la claritromicina oral, el manual de instrucciones de un Boeing 747 o la composición de los 500 alimentos de la dieta española. Quizás resulte más cómodo, pero igual de aburrido, echarse al coleto el discurso de un político o la carta del director de una multinacional a sus trabajadores. Las grandes empresas, por cierto, se preocupan cada vez más de cuidar su imagen, tanto en los textos de los anuncios (el pasado domingo, un clamoroso ¿cúal sería? (con acento en la u) apareció en la portada del semanal de un importante periódico), como en las comunicaciones externas e internas. «Los departamentos de comunicación de muchas multinacionales nos piden que les ayudemos en esta tarea. Aunque no buscan correctores, sino asesores lingüísticos, así que cuando hacemos este trabajo, nos cambiamos el nombre y todos tan contentos», bromea Antonio Marín.

De los correctores (o asesores lingüísticos) depende también que una coma o un acento extraviados conviertan un «Señor, muerto está, tarde llegamos» en un «Señor muerto, esta tarde llegamos». O que el olvido de una tilde cambie el sentido de aquel anuncio en el que se buscaba «secretaria con dominio de ingles básico», que como mínimo duele tanto como un golpe bajo. Y ojo, que los correctores bucean hasta en lo más hondo de los renglones y de su puntuación para detectar, por ejemplo, un punto y coma impreso en negrita que debía aparecer en cursiva. Por eso el apellido de corrector es «Ortotipográfico». Como dicen los correctores de Unico, su invisible oficio a veces solo limpia, a veces fija y muchas, bastantes, da esplendor a los textos.

Hoy podemos ver a muchos de ellos (también se espera a Forges pues el humorista gráfico ha impulsado la figura del ‘ Corrector Justiciero’) en el madrileño mercado de San Fernando, donde se podrán degustar tapas gramaticales y tragos con acento, además de un original mercadillo de libros que se venderán al peso. Paralelamente, en Guadalajara (México) arrancará el Segundo Congreso Internacional de Correctores de Textos en Español, al que asistirá el presidente de Unico.

 

 

Ojalá los duendes de las rotativas y los piojos de las palabras sigan sorprendiéndonos de vez en cuando pues de otro modo nunca podríamos soltar una risa de sorpresa o directamente carcajearnos con delicias como las que recoge el libro ‘ Helarte de la errata’, del poeta y ensayista Carlos López (Guatemala, 1954) y del que he tomado prestado ese maravilloso título para encabezar este reportaje. López ha acometido en esas páginas un ingenioso recuento de las erratas más famosas y divertidas perpetradas a lo largo y ancho del planeta. Ni Octavio Paz, ni García Márquez, ni George WC (sic) Bush (que al parecer pronunció tantos disparates que hay especialistas estudiándolos), ni siquiera un Papa y algunos santos se libran del escrutinio de Carlos López, que nos enseña a convivir con las erratas y disfrutar de su arte, aunque a veces nos deje helados.

Confía tu trabajo de edición a profesionales. No te garantiza estar exento completamente de errores, pero reduce mucho la posibilidad de que erratas así ocurran. Aun así, nuestra recomendación es que revises al milímetro tu propio material antes de dar un ok. Al fin y al cabo, todos somos humanos y podemos meter la pata, pero varios pares de ojos ven mucho más.

 

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Enrique Martín Hormigos

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